Plan Director

Plan Director

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No es hasta el siglo XX cuando la noción de restauración adquiere un significado globalizador de la intervención en edificios. Desde entonces se mira más al pasado procurando trabajar desde el fondo de la cuestión, profundizando en las causas de los daños que obligan a un discernimiento amplio antes de su tratamiento.
Este modelo responde a los llamados Planes Directores de grandes monumentos, que requieren para su redacción un equipo interdisciplinar. Lo que permite la comprensión de las obras arquitectónicas y de sus bienes por arquitectos y restauradores, del contexto histórico cultural que aportan historiadores y documentalistas, de la materia por químicos y petrólogos, del subsuelo y de las fuerzas internas por geólogos, físicos o ingenieros, y también por gestores del patrimonio que estudian la potencialidad del recurso, su difusión, la compatibilidad de usos posibles del edificio y como no, los métodos de mantenimiento que garanticen su preservación.
Un equipo de 40 personas, dirigido por los arquitectos Fernando y Jose Ignacio Aguerri, redactaron el documento que sentó las bases de la intervención que posteriormente se ha desarrollado.
Con el liderazgo del Gobierno de Aragón y con el apoyo de los ministerios de Cultura y Fomento y con la ayuda de la Conferencia Episcopal y del Plan de Catedrales del BBV, de las cajas de ahorros de la Inmaculada e Ibercaja, de la DPZ, y finalmente de la Fundación Tarazona Monumental, las obras comenzaron poniendo orden y estableciendo prioridades.
Grandes dosis de paciencia y colaboración entre los técnicos, las administraciones supervisoras y las empresas, así como de las instituciones promotoras, del Cabildo y del Obispado, y de la sociedad han permitido que la iglesia y buena parte del conjunto de la catedral sean hoy el resultado de una profunda intervención de restauración realizada entre 1996 y 2011, durante 15 años.

Proceso restaurador

En un edificio de esta complejidad se han realizado a lo largo del tiempo reparaciones, ampliaciones y modificaciones demandadas por necesidades funcionales o reformas debidas a cambios culturales y a la búsqueda de nuevas expresiones. Encontramos a simple vista al menos tres arquitecturas diferentes; la obra gótica con varios estadios, las reformas renacentistas y las posteriores ampliaciones en el siglo XIX; y aun más decoraciones. Esto quiere decir que cada etapa, mutiló, reformó, añadió obras y fábricas sobre lo existente, y el edificio se resintió.
Conocer la historia clínica de los avatares del edificio en el pasado facilita la definición de un tratamiento adecuado. Por ello se comenzó documentando e inventariando el estado de las fábricas y de los bienes que se conservaban, tratarlos y protegerlos dentro de las capillas que, a modo de almacenes, iban a conservarlos durante largos años que les esperaban hasta su nueva exposición. Se apostó por proteger lo más frágil; retablos, lienzos… y también el archivo y la biblioteca, ya que no podían ser otra vez las víctimas de una visión mayoritariamente arquitectónica de la restauración.
El estudio estructural permitió conocer las patologías por colapsos en la estructura, cambios ambientales, envejecimiento de la materia constructiva… que habían derivado en enfermedades crónicas. Para acometer las obras necesarias que lo resolvieran se requirieron muchos medios económicos empleados en una sofisticada y moderna instrumentación que permitiera el control de los movimientos de las fábricas y el seguimiento del efecto de la terapia empleada.
La existencia de un gran andamiaje tanto en el interior como en el exterior permitieron el estudio de los muros aportando gran cantidad de información sobre la construcción. Circunstancia que convierte a la seo de Tarazona en un ejemplo escaso en el panorama internacional en lo que se refiere al conocimiento de una fábrica de estas características. Las catas en muros y bóvedas también permitieron descubrir importantes evidencias decorativas, como el conjunto pictórico renacentista de la cabecera del templo y del tambor del cimborrio, y las pintura góticas ubicadas en diferentes puntos de la girola y del altar mayor. Pero también permitieron conocer el revestimiento de pintura que tenía en inicio: líneas rojas sobre fondo blanco, simulando un falso despiece de sillares.
También hubo que afectar al subsuelo, respetando la arqueología, para eliminar la humedad. El agua había debilitado los cimientos convirtiendo a la Catedral en un gigante con “pies de barro”. También era necesario controlar la humedad ascendente de muros y cimientos, evitando el deterioro de la piedra debido a las sales.
La labor arqueológica ha aportado información histórica y grandes hallazgos que enriquecen no sólo el patrimonio de la Catedral sino el de Tarazona: una necrópolis tardo romana, un edificio público de época bajo imperial con mosaicos policromos, y los precedentes cristianos de la propia catedral.
Pero, además de la compleja labor de consolidar, reparar, restaurar y reintegrar lo que se conservaba, también hubo que “des restaurar” lo que había sido mutilado con las “restauraciones” anteriores al Plan Director. Las fotografías conservadas de principios de S. XX permitieron saber cómo era antes de las “restauraciones” del S. XX y ello llevó a tomar algunas decisiones cómo:
- recuperar la sillería del coro (trasladada al claustro) y su entorno, el trascoro (desmontado y del que sólo se conservan las partes policromas que hoy podemos ver, lo demás es una reconstrucción)
- la decoración y los ventanales platerescos. Desmontados en 1960.
- y la recuperación de las vidrieras de alabastro policromo del S. XVI.